Y juntamos al fin nuestros cuerpos con un abrazo, sentí cómo nuestras piezas encajaron y empezamos a brillar…
Mi corazón había despertado del sueño de la espera eterna, de los abrazos imaginarios, de los “te quiero” y “te extraño” telefónicos o plasmados en hojas de papel que nos ofrecieron su pureza y fragilidad para llenarla de melancólicas lágrimas y palabras temblorosas surgidas de un alma escasa de ti.
Te abracé y el tiempo perdió completamente su importancia. Me perdí… (es común en mi hacerlo cuando pienso en ti o cuando te tengo cerca)
Aquella noche, los abrazos ya no eran imaginarios, los te quiero emitían aliento y calor en mis oídos, y los te extraño se hicieron viejos y lejanos, estabas a mi lado.
Tomé tus manos, me miraste, tomaste las mías “no te vayas” susurré casi sin aliento y con voz temblorosa, y la pena se volvió un nudo en mi garganta, me dolía respirar y pensar en tu partida, en que la angustia me visitaría incluso antes de tu viaje, que aunque acababas de llegar, tu cuerpo revelaba que estabas de paso, que ahora eras forastera en tu propia tierra, y te marcharías de nuevo.
Tomé tus manos, me miraste, tomaste las mías “no te vayas” susurré casi sin aliento y con voz temblorosa, y la pena se volvió un nudo en mi garganta, me dolía respirar y pensar en tu partida, en que la angustia me visitaría incluso antes de tu viaje, que aunque acababas de llegar, tu cuerpo revelaba que estabas de paso, que ahora eras forastera en tu propia tierra, y te marcharías de nuevo.
Vi tus ojos inundarse de tristeza. Nos abrazamos y así aplacamos el miedo, ese miedo que solo tú y yo entendemos, ese miedo que nos altera, que nos confunde, ese miedo que se diluye con un caluroso abrazo, cuando estás a mi lado.
Amo tu compañía, contigo siento que se me va el alma, porque te adueñas completamente de ella y te siento tan mía como aquella estrella en cielo, tan lejana, que solo cuando sueño, la tengo entre mis brazos.
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